MINUÉ – RELATO CORTO

 

Golpeó su pie izquierdo contra el brazo de la silla y sus ojos cual campanas se cerraron, hundiéndose en el sonido profundo y vacío de la madera hueca.

Golpeó de nuevo, una, dos, tres veces y luego marcó el tiempo con la otra pierna, una, dos, tres, cuatro veces y comenzaba de nuevo. La melodía se extendía, ocupando todo el espacio, llenando el vacío de la blanca habitación con la elegante ausencia de la madera que alguna vez había sido marrón. Y entonces los golpes avanzaban, una, dos tres, cuatro veces y escalaban por sus piernas como clarinetes que respondían con suaves silbidos cómplices del golpeteo. Luego sus caderas como tambores relevaron a la segunda pierna de marcar el tiempo, y el retumbar hacía que sus oídos como rojas castañuelas respondieran con suaves golpes que lograban intensificar la potente melodía. Y así uno por uno de los instrumentos que la componían se levantaban en conjunto, luchando contra el silencio. Sus pestañas; elegantes arpas que obedecían a los parpados con sus suaves cuerdas que más parecían plumas que cuerdas, y después estaba su boca como un delicioso piano del color de las rosas que opacaba a los demás instrumentos con sus alegres notas teñidas de blancos y negros. También estaba su cabello, como una guitarra a la que se le caían las cuerdas tan solo para liberarse en una irreverente danza de antaño que producía la más refinada melodía al ondularse, sacudirse, encresparse y ondularse de nuevo.

Pronto empezaron las disputas entre  los instrumentos, todos querían el solo, todos querían brillar, todos persiguiendo la inalcanzable gloria que solo causaría la ruptura casi absoluta de toda la pieza. La estaban destrozando, masacrando desde adentro. Las cuerdas se reventaban, los tambores estaban desgarrados, los registros estaban en todas partes menos donde deberían, y hasta los alegros cedían a la tristeza ante ese inminente desastre que ya podían saborear.

 Fue entonces cuando el director en su cabeza anunciaba otra canción, esta vez, triste, melancólica y desesperante que tensaba al dulce piano y electrificaba la guitarra, más su pierna izquierda continuaba su impecable golpeteo estable, preciso, inmutable, e imparable. Golpeaba de nuevo, uno, dos tres, cuatro veces cediendo el paso a un nuevo sonido, uno que jamás había resonado antes. Pero ahí se encontraba, justo en el medio de todo, en medio de la gran orquesta y pronto todo se detenía a admirar sus notas, como los árboles se inclinan en el corazón de la montaña, los instrumentos se inclinaban ante ese espectáculo sorpresa sin identificación. El tambor retumbó una, dos, tres, cuatro veces y se detuvo como si deseara continuar pero le fuera imposible. El nuevo sonido invadió el espacio, era el sonido más hermoso e intenso que jamás nadie hubiera escuchado, tanto que el golpeteo se detuvo a escucharlo con el más grato placer, preguntándose de dónde provenía esa provocativa melodía que durante todo ese tiempo se había mantenido en silencio.

Entonces lo supo cómo si lo hubiera sabido siempre. Ese sonido era su corazón, como un violín finísimo que la abrazaba con sus notas tranquilas, la subía, la bajaba, la tomaba de la mano y con una reverencia la deslizaba de adelante hacia atrás, de izquierda a derecha y volvía a empezar de nuevo su danza con una fluidez envidiable.

De repente conforme los demás instrumentos se unían al espectáculo una sutil brisa la elevaba del sillón pausadamente, despegando sus pies, levantando su torso y sosteniendo su cabeza como su peso fuera menor al de una hoja de papel. Entonces vio las notas empezar a materializarse a su alrededor hasta que fueron lo suficientemente sólidas para convertirse en escalones, escalones de una escalera infinita que la llevaba a la cima del mundo donde su cuerpo ya no era un cuerpo, no tenía ni bordes ni límite alguno, sino que había cedido a los encantes de su alma intrépida. Su alma una batuta, su cuerpo una obediente orquesta.

Que subía.

Subía

Subía

Hasta que había abandonado hace mucho el techo y se encontraba nadando entre las nubes, aspirando sus brillantes colores, sintiendo sus texturas tan suaves al tacto, tan frescas sobre su piel. Sentía también la lluvia, la humedad del cielo que dejaba rocío en sus cuerdas y brillo por todo su cuerpo. Atravesaba el cielo en líneas curvas camino a abandonar la tierra y fundirse con las estrellas, a su origen, a las entrañas de un universo que la había visto nacer y la reclama con furor y pasión encendida.

Pero entonces el silenció apareció.

Apareció de nuevo como una vieja pesadilla tragándoselo todo. Primero las intensas notas del violín, el golpeteo del tambor, la danza de su guitarra, el blanco y el negro de su piano de rosas, las cuerdas de sus arpas sobre sus parpados, las castañuelas de sus oídos y los suaves silbidos de sus piernas.

Fue cuando comenzó a caer, más no delicadamente como había sido su ascenso. No, esta era una caída salvaje y despiadada en un suelo que la exigía de vuelta aunque fuera despedazada por el golpe, aunque no sobreviviera ninguna parte de su ser, todas hechas pedazos por el impacto, por la ruptura, por el dolor de estar tan cerca y tan lejos. Sin embargo no fue el suelo el que la recibió, sino que se sintió caer de nuevo en el sillón blanco, no con violencia, sino con paz.

Ya no quedaba nada del cuerpo metamorfoseado en orquesta, solo era su cuerpo, rendido, sumiso a la paz infundida por su previa experiencia secreta. Observó sus manos tan pálidas como antes, su pelo enmarcando su rostro aún con la cabeza recostada en el sillón y se tocó la boca donde ya no habían blancos y negros de un piano etéreo, sino sus dientes de siempre y sus labios gastados. Cerró los ojos de nuevo deseando una segunda ronda, una segunda oportunidad, más solo se encontró con el golpeteo que anunciaba el momento en el que todo su cuerpo se uniría en una agotadora nota final remplazada por la caída de la cortina, una ovación de pie y el desfile de aplausos para consumar el espectáculo.

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